El silencio reinaba dentro del vehículo de Matteo, mientras avanzaba por el asfalto de la carretera costera, alejándose del infierno del Puerto Norte.
El peso de la noche todavía se aferraba a ellos, denso e invisible, recordándoles que nada de lo ocurrido se borraría con facilidad.
La adrenalina, que los había mantenido en pie durante el combate, comenzó a disiparse de golpe, dejando paso a un temblor residual en las manos y una sensación de frío en los huesos.
Lena notó el cansancio hundírsel