La promesa de violencia de Matteo quedó flotando en el aire denso, mezclándose con el olor a antiséptico y la tensión eléctrica que vibraba entre sus cuerpos.Lena retrocedió, alejándose de su calor, de su pecho sólido y de esa boca que había estado a punto de devorarla. Se abrazó a sí misma, sintiendo el dolor en su pierna y un ardor en el pecho, pero el dolor más agudo era el miedo.—Todo esto es por tu culpa —soltó ella. Su voz temblaba, pero no por debilidad, sino por rabia contenida—. Mi hermano, mi padre... ahora esto. Antes de que aparecieras, mi vida era un desastre, sí, pero nadie intentaba sacarme de la carretera para matarme.Matteo se enderezó. El fuego en su mirada se volvió humo. Se cruzó de brazos, marcando sus bíceps bajo la camiseta negra, y la miró desde su altura con una calma exasperante.—No seas ingenua, Lena. Yo no soy el problema, soy la consecuencia.—¿La consecuencia? —Lena soltó una risa incrédula—. Tú eres el centro de todo esto, Vitale. Tu apellido, tus ca
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