Elisabetta se quedó bajo el marco de la puerta del despacho, sintiendo una punzada de inseguridad. Lorenzo se acercó a ella y Elisabetta se tensó un poco, esperando el reproche, sabiendo que lo merecía por haber ignorado sus llamadas y haberle ocultado la gravedad de la situación durante semanas.Pero Lorenzo no le recriminó nada. Se detuvo frente a ella, tomó su rostro entre sus manos grandes y ásperas, y dejó un beso sobre su frente. Elisabetta suspiró, aliviada, y se aferró a él, abrazándolo con fuerza, enterrando el rostro en su pecho, sintiéndose de nuevo una niña pequeña.—Pensé que estarías molesto... por no haberte contestado antes, por ocultarte todo esto —murmuró contra su camisa, con la voz ahogada.—Nunca podría estar molesto contigo, hija —respondió él, devolviéndole el abrazo con una presión reconfortante—. Lo único que importa es que estás aquí.Se separó de ella y acarició su cabello.—Eres una tonta si creías que te dejaríamos sola en esto —habló Matteo, acercándose a
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