El aula estaba llena de murmullos cuando entré, pero yo solo sentía una cosa: la calma distinta que llega cuando ya no dudas de a quién elegiste.Santiago estaba sentado dos filas más adelante. Su espalda recta, su manera relajada de ocupar el espacio… y esa sensación absurda pero real de que, aunque estuviéramos rodeados de gente, había algo invisible que nos unía. Algo que nadie podía ver, pero que yo sentía en la piel desde aquella noche en que dejamos de huir.Desde que estuvimos juntos, algo en mí cambió. No me volví menos ambiciosa, ni menos firme. Al contrario. Me sentía más clara. Más entera. Como si amar no me restara, sino que me ordenara.—Fiorela —escuché una voz a mi lado—, ¿te puedo preguntar algo?Era Martí. Alto, seguro, demasiado consciente de sí mismo. Desde el primer año noté su interés, aunque siempre fingió que era solo admiración académica.—Claro —respondí, educada.—¿Es verdad… lo de Santiago? —preguntó, bajando un poco la voz.Antes de que pudiera responder, u
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