Fiorela siempre había creído que las emociones eran como variables en una ecuación compleja: podían existir, sí, pero debían estar bien ubicadas para no alterar el resultado final. Desde pequeña había aprendido a observar, a medir, a anticiparse. Tal vez era herencia de Lucas, con su mente estratégica y su visión de futuro; tal vez de Emilia, con esa capacidad casi quirúrgica de separar lo urgente de lo importante. O quizá era simplemente ella, Fiorela Renata Thoberck, construyéndose a sí misma con una mezcla exacta de ambición y sensibilidad contenida.La universidad le había dado un nuevo escenario para poner a prueba todo eso.Aquella tarde, estaba sentada en una de las mesas exteriores del campus, con su notebook abierta y varios apuntes ordenados de forma impecable. A su alrededor, el murmullo de otros estudiantes, risas, conversaciones cruzadas. Ella estaba concentrada, pero no del todo. Había una parte de su mente —pequeña, insistente— que se escapaba una y otra vez hacia el mi
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