El amanecer se dividió en dos caminos, y ambos partían del mismo hogar. Ezequiel ajustó el nudo de su corbata frente al espejo mientras Valentina, ya su esposa, le acomodaba el cuello de la camisa con manos firmes y una sonrisa serena. No había nervios exagerados entre ellos, solo esa tensión profunda que aparece cuando sabes que estás a punto de cruzar una frontera importante. —Lo logramos llegar hasta aquí —dijo Valentina en voz baja—. Pase lo que pase hoy, ya somos un equipo. Ezequiel la miró. Pensó en el primer día que la vio en la escuela de investigaciones, en las horas de estudio, en las noches de cansancio compartido, en la boda que había sellado no solo su amor, sino su decisión de caminar juntos. —Y lo seguiremos siendo —respondió—. En la PDI, en cualquier lugar. Salieron rumbo a la Escuela de Investigaciones, hombro con hombro, con la convicción de quienes no se prometen eternidades vacías, sino trabajo, compromiso y lealtad diaria. A varios kilómetros de allí, F
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