La biblioteca de Santino di Morelli estaba envuelta en un silencio tan denso que parecía tener peso propio. La luz tenue de la lámpara caía sobre el escritorio de madera oscura, iluminando documentos perfectamente ordenados que, a pesar de su importancia, no habían sido tocados en varios minutos. Santino permanecía sentado, el cuerpo rígido, pero la mente lejos… demasiado lejos. Sus dedos golpeaban suavemente la superficie del escritorio, marcando un ritmo irregular que delataba lo que su expresión intentaba ocultar.Frente a él, Stefano lo observaba con atención. No era habitual verlo así. No distraído. No ausente. No… humano.—Señor… —dijo finalmente, rompiendo el silencio con cautela—. Veo que no le está prestando atención.Santino parpadeó lentamente, como si regresara de un lugar muy distante, y alzó la mirada con una expresión neutra.—Tengo hambre.Stefano arrugó la nariz, sorprendido por la respuesta.—¿Hambre? —repitió, aún sin procesarlo—. Sí… claro, en este momento iré por
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