NoraLa ciudad allá abajo ya no es más que un tapiz de luces frías, impersonales, como las estrellas muertas de un universo que me observa sin verme. Adjunta. La palabra resuena, una campana agrietada en el silencio de mi cráneo. Él ha creído encerrarme en un título, circunscribir el incendio en un marco administrativo. No sabe, no comprenderá jamás, que acaba de entregarme las llaves de mi propia jaula. Y una llave, también puede servir para apuñalar.Mi despacho —no, la celda que me concede, ese reducto que huele aún a polvo y a poder contrariado— se ha convertido en mi monasterio, mi cuartel general. La taza de café arde entre mis palmas. Un ancla. Lo único que impide que la tormenta en mí se lo lleve todo.Él está ahí, de repente, sin un ruido. Esculpido en la sombra del pasillo. Hugo. Su abrigo es oscuro como una promesa violenta, su silencio, más pesado que todas las palabras jamás intercambiadas entre nosotros, en la cama o en la guerra.—Trabaja hasta tarde.Su voz es una grav
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