NoraMe arrastro hasta mi bolso, saco el aparato. La pantalla brillante en la penumbra es una bofetada.Soren.2 mensajes sin leer.Mi mano tiembla. Una parte de mí, la Nora de ayer, la Nora idiota y asombrada, quiere abrir. Quiere leer las palabras que, sin duda, buscan calmarme, reconquistarme. "Querida, me preocupas." "Clémence está loca, no la escuches. Lo que tenemos es diferente."Pero la Nora de hoy, la que fue desmantelada en un banco público, sabe. Sabe que son solo palabras. Las mismas que debió escribirle a ella, hace seis años, a otra. Las mismas que le escribirá a otra, en unos meses o unos años, cuando yo me haya convertido en la obsesionada, la loca, la antigua.No leo los mensajes. Coloco el teléfono en el suelo. Me levanto, tambaleándome, y camino hacia el baño.La mujer en el espejo me da miedo. Los ojos hinchados, enrojecidos, el rímel escurriendo en marcas negras sobre un rostro descompuesto por el dolor. Me miro. De verdad. ¿Quién soy? ¿La brillante colaboradora?
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