NoraEl día era un insulto.La luz de la mañana golpeaba los cristales sucios de mi apartamento, revelando el polvo sobre los muebles, el desorden en la mesa baja, el vacío de la cama que no había sabido habitar sola. El aire olía a cerrado, a café frío y a remordimiento.Me desvestí en la entrada, dejando caer mi ropa en un montón miserable sobre el suelo. El jersey que aún llevaba su olor. Los vaqueros arrugados. La piel que aún guardaba la memoria de sus manos. Bajo la ducha ardiente, cerré los ojos, esperando que el agua se lo llevara todo. Pero solo reavivaba las sensaciones. Cada gota que golpeaba mi piel era un recordatorio. Aquí, su boca. Allí, su huella. Entre mis muslos, un dolor sordo y persistente, prueba de que él había estado allí, de que me había poseído, marcado.Me froté hasta que mi piel quedó roja, en carne viva. No servía de nada. Él estaba bajo mi piel. En mi sangre. En el aire que respiraba.Sentada en el sofá, envuelta en un albornoz demasiado grande, fijé la mi
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