Nora
La ciudad allá abajo ya no es más que un tapiz de luces frías, impersonales, como las estrellas muertas de un universo que me observa sin verme. Adjunta. La palabra resuena, una campana agrietada en el silencio de mi cráneo. Él ha creído encerrarme en un título, circunscribir el incendio en un marco administrativo. No sabe, no comprenderá jamás, que acaba de entregarme las llaves de mi propia jaula. Y una llave, también puede servir para apuñalar.
Mi despacho —no, la celda que me concede,