Mundo ficciónIniciar sesiónNora
El silencio después de la tempestad era más ruidoso que nuestros gritos.
Su peso sobre mí era un ancla, una prisión, un santuario. Sentía cada latido de su corazón contra mi pecho, un ritmo loco que se calmaba lentamente, sincronizándose con el mío. Su sudor pegaba nuestras pieles, haciendo de nosotros una sola entidad, húmeda y vencida. El aire olía a sexo, a la noche y a él. Un olor







