Nora
Amanece, gris y líquido. Ha llovido toda la noche. Sigo sentada en el sofá, en la misma posición. La manta que Léa puso sobre mis hombros antes de irse a dormir huele a su suavizante. Ese simple olor familiar es una tortura.
La puerta de su habitación se abre. Ella está vestida para trabajar, pero su rostro muestra una noche tan en vela como la mía. Nuestras miradas se cruzan en la penumbra del salón. Un silencio pesado se instala, cargado de todo lo que se ha dicho y de todo lo que ya no