NORALa puerta se cierra detrás de Clémence con un golpe seco, y la oficina se transforma de inmediato en una jaula cargada de calor y silencio. El aire es denso, casi palpable, saturado de esa tensión que nunca ha dejado de vibrar entre nosotros, y que cada gesto, cada aliento, electriza un poco más. Siento mi corazón latir tan fuerte que temo que se escape de mi pecho, y aun así, mis piernas no flaquean. Permanezco allí, inmóvil, pero lista, consciente de que lo que sigue no tolerará ningún retroceso.Hugo avanza lentamente, las manos todavía ligeramente crispadas sobre la madera del escritorio, la mirada ardiente, helada, pero imposible de evitar. Cada paso que da resuena en mi pecho como un golpe de martillo. No dice nada, y eso es peor: ese silencio es una orden, una advertencia, una invitación.— ¿Sabes por qué estás sola aquí conmigo en este momento? —murmura finalmente, su voz baja, áspera, vibrante de una autoridad que nada puede perturbar.Lo miro, incapaz de hablar, incapaz
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