El olor a pintura fresca y a madera de roble barnizada no se parecía en nada al olor del edificio Franzani.
Isidora estaba de pie en el centro de la planta baja. Cuatrocientos metros cuadrados de arquitectura industrial en el corazón de Gràcia. Los ventanales iban desde el suelo de microcemento pulido hasta el techo de seis metros de altura. La luz de la mañana de abril entraba a raudales, cortando el aire en diagonales blancas que iluminaban las motas de polvo en suspensión.
No había tabiques