Guille El tiempo en prisión no avanzaba: se acumulaba, se estiraba y te llevaba a un punto de no retorno. No existían los días, se vivían como si fueran capas, capas de ruido, de olor a metal húmedo, de miradas que medían cuánto podías aguantar antes de romperte. Yo aprendí rápido que aquí no se sobrevivía siendo buena gente… el mismo que entraba. Aquí se sobrevivía convirtiéndose en otra cosa. Ya eran casi dos años que estaba encerrado. Al principio conté los días, los taché en la pared con la navaja que me había ganado en una de las primeras peleas. Después dejé de hacerlo. Contar era una forma de esperar, y yo ya no esperaba nada. En todo este tiempo me volví más fuerte, mis golpes eran más exactos. Ya no golpeaba por impulso, sino por cálculo. Sentía cómo el músculo respondía antes que el pensamiento, cómo la fuerza salía limpia, directa, sin desperdicio. Aprendí dónde apoyar el peso, cuándo respirar, cuándo mirar y cuándo no. A sostener la calma aunque el corazón latiera como
Ler mais