Gala
El cuerpo de Héctor estaba tendido a mi lado, medio cubierto por las sábanas revueltas, con el pecho desnudo y una sonrisa satisfecha dibujada incluso en sueños.
Abrí los ojos lentamente, obligándome a fingir la calma de alguien que había pasado una noche inolvidable.
Cuando se incorporó, lo hizo con un gesto lento, llevándose una mano a la sien.
—Qué resaca… —gruñó, pasándose los dedos por el cabello—. Pero valió la pena.
Me giré hacia él y forzando una sonrisa, acaricié su brazo.