Gala
El aire se volvió espeso de inmediato. El olor ácido de la basura me llenó la nariz y tuve que morderme el labio para no toser. Me quedé inmóvil, con el cuerpo encogido, las rodillas apretadas contra el pecho, escuchando.
Afuera, la sirena del carro de la basura sonó, anunciando que el camión estaba pasando por la calle. Ese sonido, tan cotidiano, me atravesó como una descarga eléctrica.
Luego vinieron los pasos. Pesados. Cercanos. Un arrastre metálico raspó el pavimento y el chirrido