—Bueno, basta de charla. Es hora de cenar —la voz de la abuela Muñoz sonó más fría que de costumbre.La familia entera se dirigió lentamente hacia el comedor y tomó asiento siguiendo el orden habitual.Aquella comida fue, sin duda, una de las más tensas:todos estaban allí, pero cada uno con sus propios pensamientos.Nadie habló; solo se escuchaba el sonido de los cubiertos contra la porcelana.El plato de Silvina era, con diferencia, el más abundante.Al estar embarazada, su apetito era mayor, y comía con buen ánimo.La abuela incluso había mandado preparar un caldo especial solo para ella, lleno de nutrientes y hierbas tonificantes.Alberto, viendo que nadie le prestaba atención, no pudo contenerse más.—Abuela, ¿cuándo voy a entrar a la sede principal? —preguntó con tono impaciente.Al oírlo, todos los presentes levantaron la vista hacia él al mismo tiempo.Silvina miró de reojo a Liliana y, tal como sospechaba, la vio agachar la cabeza y fingir que no escuchaba, concentrada en su
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