Silvina apretó el teléfono contra su pecho, y toda la tristeza que había estado conteniendo estalló de golpe. Su voz se quebró entre sollozos:—Leonel, llévame a casa… ¿sí?—De acuerdo, voy enseguida —respondió él sin pensarlo dos veces. No se atrevió a colgar la llamada mientras corría, acompañado por su asistente, buscando a Silvina por todos los rincones.Finalmente, la encontró en el jardín trasero, sentada en los escalones, llorando sin poder respirar del todo.—Silvina, no tengas miedo, ya estoy aquí —dijo Leonel con el corazón encogido al ver las lágrimas de su esposa. La rodeó con los brazos con fuerza—. Ya pasó, amor. Dime qué ha ocurrido, y te juro que haré pagar a quien te haya hecho daño.Silvina negó con la cabeza una y otra vez.No podía contarle nada.Si Leonel llegaba a enterarse de lo que había sucedido, con su temperamento, era capaz de hacer algo irreparable.Así que siguió negando, con los ojos llenos de lágrimas, refugiándose en su pecho.Leonel, al verla tan alte
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