—Prima Mónica, mide tus palabras —dijo Silvina con voz firme, la mirada serena pero llena de autoridad—.Entre Simón y yo no hay absolutamente nada impropio.Si tus comentarios se quedaran entre nosotros, no pasaría de una simple ofensa, pero si llegan a los oídos de los demás, mancharías no solo el nombre de la familia Muñoz, sino también el de la familia Soto.Nuestras familias están unidas por lazos matrimoniales: cuando una se ensucia, la otra también sangra.Como dama de la familia Soto, deberías entenderlo, ¿no?Sus palabras eran suaves, pero cada sílaba resonó como una sentencia.—Y si aún crees tener dudas sobre mí y Simón —añadió con calma—, al menos deberías presentar pruebas, ¿no crees?—¿Pruebas? —gritó Mónica, con el rostro descompuesto por la rabia—.¡Las pruebas sobran contigo!Traicionaste a tu mejor amiga, te metiste en la cama de su novio mientras ella no estaba, y cuando quedaste embarazada, la echaste de su vida como si fuera basura.¿Quieres más pruebas que esas?
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