—Bueno, basta de charla. Es hora de cenar —la voz de la abuela Muñoz sonó más fría que de costumbre.
La familia entera se dirigió lentamente hacia el comedor y tomó asiento siguiendo el orden habitual.
Aquella comida fue, sin duda, una de las más tensas:
todos estaban allí, pero cada uno con sus propios pensamientos.
Nadie habló; solo se escuchaba el sonido de los cubiertos contra la porcelana.
El plato de Silvina era, con diferencia, el más abundante.
Al estar embarazada, su apetito era mayor,