Silvina no sabía que, apenas su coche se había alejado de la entrada, Leonel salió corriendo del despacho con la intención de alcanzarla.Pero antes de llegar a la puerta, la voz dura de la Señora Muñoz retumbó a su espalda:—Si quieres provocar la muerte de tu madre, entonces adelante, ve a buscarla.Los pasos de Leonel se detuvieron en seco.Permaneció inmóvil, respiró hondo y, con voz contenida, respondió:—Entonces, madre, ¿me está diciendo que ha decidido ponerse en contra de su propio hijo?La voz de la Señora Muñoz se elevó de inmediato:—¡Leonel, soy tu madre biológica! ¡Hace seis años, dime, fue por quién que terminé convertida en este fantasma de lo que era! ¿Pretendes decirle a tu madre que eres un ingrato?Leonel soltó una risa fría.—Claro, no puedo permitir que mi madre muera por mi culpa. De lo contrario, sería un hijo indigno, ¿no?Su sonrisa se tornó más torcida y gélida, y Janet no pudo evitar estremecerse.Era raro ver al joven amo con esa expresión.Siempre que la
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