Y tal como Silvina lo había presentido, en cuanto la caravana llegó a la puerta de la casa de Alicia, antes incluso de que Silvina pudiera bajar del coche, una voz desgarrada resonó en la entrada:
—¡Alicia, desalmada! ¡Así tratas a tu suegra! ¡El cielo te castigará con rayos y truenos!
Silvina casi no se atrevía a mirar a Tania y a Camille.
¡Qué vergüenza!
Una vergüenza monumental.
Suspiró y, finalmente, descendió del coche.
Lo primero que vio fue a un grupo de vecinos ya reunidos alrededor.
Al