Capítulo 28. Tu talento sigue ahí.
Amy Espinoza De pronto, Maximiliano estaba allí. Se subió al escenario con paso firme, me tomó del brazo y me obligó a mirarlo. Sus ojos verdes, intensos y desarmantes, me sujetaron con una fuerza que casi dolía.—Basta —dijo, pero no a mí, sino al público entero.El silencio cayó de nuevo, diferente esta vez. Su voz no admitía réplica.—Esto termina aquí —sentenció, con una autoridad que heló las sonrisas y detuvo los cuchicheos.Me condujo fuera del escenario, lejos de las miradas, ignorando las protestas veladas de quienes querían ver más del espectáculo de mi fracaso.Yo temblaba. No de frío, sino de rabia, de impotencia, de vergüenza. Y, debajo de todo, de un dolor punzante que me atravesaba el pecho.—No debiste hacerme subir —murmuré, con lágrimas contenidas, apenas audibles.Maximiliano me miró como si pudiera leer cada fractura en mi interior.—No —admitió—. Pero debías enfrentarlo.Me solté de su agarre, con el corazón roto, con la humillación ardiendo en cada rincón de mí
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