Capítulo 22. No es lo que piensas
Maximiliano Delacroix
La habitación estaba en silencio, rota solo por el murmullo lejano de los relojes de la mansión. Ella estaba frente a mí, con las mejillas encendidas y los dedos temblorosos en los botones de su blusa. Cada movimiento suyo parecía ir a cámara lenta, como si quisiera convencerse de que aquello era inevitable: pagarme con su cuerpo.
Y lo curioso era que por un segundo no pude apartar la vista.
Era hermosa. No la clase de belleza fabricada que solía rodearme en eventos social