Capítulo 22. No es lo que piensas

Maximiliano Delacroix

La habitación estaba en silencio, rota solo por el murmullo lejano de los relojes de la mansión. Ella estaba frente a mí, con las mejillas encendidas y los dedos temblorosos en los botones de su blusa. Cada movimiento suyo parecía ir a cámara lenta, como si quisiera convencerse de que aquello era inevitable: pagarme con su cuerpo.

Y lo curioso era que por un segundo no pude apartar la vista.

Era hermosa. No la clase de belleza fabricada que solía rodearme en eventos sociales, sino una hermosura fresca, natural, con cicatrices en la mirada y temblores en las manos. Una mujer que se mantenía en pie pese a que el mundo había intentado quebrarla una y otra vez.

Ese tipo de belleza no se inventa. Se gana a golpes.

—Eres hermosa, Amy —dije, la voz más grave de lo que pretendía.

Ella se detuvo en seco, como si esas palabras fueran la confirmación de sus sospechas. El rubor le subió aún más, pero no se cubrió. Se quedó mirándome, tensa, esperando que yo diera el siguient
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