486. La prueba de lo visible.
El amanecer llega sin colores definidos, como si incluso la luz dudara antes de posarse sobre una estructura que ya no reconoce del todo, y en esa ambigüedad inicial comprendo que el día ha sido diseñado para observarme, no para acompañarme, porque cada paso que doy es recibido por una atención demasiado precisa, por miradas que no buscan comprender sino medir cuánto de mí puede ser reducido a gesto, a postura, a símbolo útil.La convocatoria no se anuncia con palabras, sino con movimiento: los nodos del recinto central se abren, las plataformas se alinean, los mediadores se disponen en semicírculo, y la arquitectura entera adopta esa solemnidad artificial que siempre precede a una demostración que pretende llamarse consenso.Saelith aparece a mi lado sin tocarme, aunque su cercanía es tan intensa que el aire entre ambas parece cargado de una electricidad íntima, contenida, una tensión que no necesita contacto para volverse evidente, y sé que todos la perciben, incluso quienes no sabe
Leer más