El local latía con luces bajas y una música que nadie escuchaba de verdad. El aire olía a cerveza derramada y a algo más peligroso: deseo contenido, espeso, casi tangible.Ana no supo en qué momento Alberto empujó la puerta con el hombro. Rocío seguía a su lado, como si temiera que la noche se la tragara entera. Ana había insistido en verla, repitiendo que era “un asunto de vida o muerte”. Pero cuando los ojos de Alberto barrieron la multitud y se clavaron en ella —sentada en la barra con la espalda recta—, Rocío supo que había valido la pena. Se quedó quieta, los labios entreabiertos, la respiración un poco más rápida. Una sonrisa lenta, casi hambrienta, cruzó su rostro al verlo avanzar, cortando la gente como si el mundo entero tuviera que apartarse por él.Ana lo sintió antes de verlo. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del local. Levantó la vista y allí estaba: él, respirando agitado, los ojos oscuros encendidos con una mezcla de furia, alivio y algo mucho más prof
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