Esa noche, mientras Ana dormía con la mejilla apoyada en su mano, Alberto no pudo cerrar los ojos.
El dolor de la herida grapada en su costado era un latido sordo, casi un alivio comparado con el fuego que le ardía dentro del pecho. La habitación estaba en penumbra, solo la luz ámbar de la farola de la calle se filtraba por la rendija de la cortina, dibujando rayas doradas sobre la sábana revuelta. Ana respiraba tranquila, confiada, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente como un velo de