Esa noche, mientras Alberto dormía a su lado, Ana no pudo cerrar los ojos.El departamento estaba en silencio, solo roto por la respiración profunda y acompasada de él. La luz plateada de la luna se filtraba por la ventana entreabierta, dibujando líneas frías sobre su torso desnudo, sobre la venda blanca que ella misma había cambiado horas antes. Ana se incorporó con cuidado, sin hacer ruido, y se sentó en el borde de la cama. Las sábanas aún conservaban el calor de sus cuerpos, el olor a sexo lento y a sudor limpio, pero su mente ardía con otra cosa: los documentos que Alberto le había mostrado esa tarde. Las cifras, los contratos, los nombres. Su propio nombre escrito con tinta negra y fría, como una sentencia.Se abrazó las rodillas y miró la ciudad a través del cristal. Las luces parpadeaban como estrellas caídas, indiferentes. Y el pasado regresó, crudo, sin anestesia.Había conocido a Diego en una fiesta de la empresa de su madre, en uno de esos salones de hotel donde el lujo ol
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