La ciudad se convertía en un borrón de luces cuando Alberto pisaba el acelerador. El motor rugía como una bestia despierta, devorando el asfalto mojado por la lluvia reciente. Ana, aferrada al asiento del copiloto, sentía el corazón latiéndole en la garganta. Cada curva era una promesa de peligro, cada semáforo en rojo una invitación a saltárselo. Pero él conducía con una precisión casi arrogante, como si el mundo entero le debiera paso.
Llegaron al edificio en menos de quince minutos. Alberto