El local latía con luces bajas y una música que nadie escuchaba de verdad. El aire olía a cerveza derramada y a algo más peligroso: deseo contenido, espeso, casi tangible.
Ana no supo en qué momento Alberto empujó la puerta con el hombro. Rocío seguía a su lado, como si temiera que la noche se la tragara entera. Ana había insistido en verla, repitiendo que era “un asunto de vida o muerte”. Pero cuando los ojos de Alberto barrieron la multitud y se clavaron en ella —sentada en la barra con la esp