Ana salió del baño con la playera negra de Alberto cayéndole hasta los muslos. La tela olía a él: a madera, a cuero y a algo más profundo, casi animal. Se detuvo en el umbral de la habitación, la luz de la lámpara de noche dibujando sombras largas sobre las sábanas revueltas.
Alberto ya estaba acostado. Completamente cómodo, como si el mundo no hubiera intentado matarlo esa misma noche. El torso desnudo, la venda fresca brillando blanca contra su piel morena, un brazo doblado bajo la cabeza. La