Iván no podía quitarle la vista de encima. La miraba con una dulzura bárbara. Él sabía muy bien que, como Raina se había criado nada más con su abuela, siempre le había hecho falta ese calor de hogar. Ver a las dos familias ahí reunidas, por fin en paz, le estaba llegando a lo más hondo.Le dio un apretoncito juguetón en la palma de la mano y le susurró al oído:—De aquí en adelante, las cosas van a ser diferentes, ya lo verás.Raina asintió con una sonrisa. Sentía un calorcito en el pecho. Todo lo que la vida le había quedado a deber de niña, lo estaba recuperando con creces gracias a los Herrera.Estaban en lo más rico de la plática cuando, de pronto, el celular de Julieta rompió el encanto. Ella miró la pantalla y, en un segundo, se puso pálida, pálida. Salió disparada al pasillo para contestar. Raina, que no se perdía de nada, supo que la cosa se estaba poniendo color de hormiga y se fue tras ella de inmediato.—¿Qué pasó, Julieta?Julieta colgó y se quedó mirando a la nada, con
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