Al sonar el timbre, Iván corrió a abrir, pero qué esperanzas: no era Raina, sino el repartidor con el segundo pedido.—Tu mujer no tiene perdón de Dios, Iván. Es una desconsiderada —soltó Miguel con un suspiro dramático desde el sofá.Iván lo ignoró y echó un vistazo al pasillo justo cuando la puerta de al lado se abría. Era Raina. Traía un manojo de palitos de madera en la mano. Estaban limpiecitos, sin rastro de carne."¿Se los zampó todos?", pensó Iván. Se notaba que, además de tener buen diente, se le habían antojado de verdad.—No estuvieron mal —dijo Raina, enseñándole los palitos vacíos—. Gracias.Desde adentro, Miguel no alcanzó a oírla y siguió con su letanía:—Te digo que los tiempos han cambiado, Iván. Las mujeres ya no son leales como los amigos. A mí hasta me da cosa verte así, con el estómago chillando de hambre...Iván se quedó mudo, solo pudo dedicarle a Raina una sonrisa apenada.—¿Te llenaste, mi vida? Si te quedaste con hambre, pido que te preparen más ahora mismo.—
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