Al sonar el timbre, Iván corrió a abrir, pero qué esperanzas: no era Raina, sino el repartidor con el segundo pedido.
—Tu mujer no tiene perdón de Dios, Iván. Es una desconsiderada —soltó Miguel con un suspiro dramático desde el sofá.
Iván lo ignoró y echó un vistazo al pasillo justo cuando la puerta de al lado se abría. Era Raina. Traía un manojo de palitos de madera en la mano. Estaban limpiecitos, sin rastro de carne.
"¿Se los zampó todos?", pensó Iván. Se notaba que, además de tener buen die