Leah lo miró sin comprender. —¿Qué… qué insinúas? —preguntó, y la voz le salió más frágil de lo que quiso. Noah no apartó la mirada. No suavizó el gesto. No buscó rodeos. —Te digo la verdad —respondió, dispuesto a afrontar lo que venía—. Esa cachorra es mi hija. Las palabras cayeron como una enorme piedra. Leah dio un paso atrás de manera instintiva. Luego otro. El aire pareció abandonarle los pulmones. Negó con la cabeza, una vez, dos, como si así pudiera borrar lo que acababa de escuchar. Bajó la mirada al suelo, incapaz de sostener la suya. Sus manos subieron al pecho, temblorosas, y luego rodearon su vientre vacío, como si aún necesitara proteger algo. —No… —susurró—. No. Esa bebé es solo mía. —Alzó la vista, los ojos brillantes, cargados de miedo, rabia, incertidumbre—. No tiene nada que ver contigo. No con tu sangre. No con tu linaje. No contigo. Noah avanzó. Dos pasos firmes. Medidos. No para acorralarla. —Es mi hija —repitió, con la voz grave, definitiva—. Y estoy segu
Leer más