53 Mi hija

Conder no perdió tiempo en cortesías.

Apenas Noah cruzó el umbral del salón, el otro alfa ya estaba de pie, espalda recta, mandíbula tensa. No hubo sonrisas. No hubo vino servido. Solo la molestia acumulada de meses.

—Rompiste nuestro acuerdo —su mirada era severa y su voz, nada amigable.

Noah no se sorprendió. Avanzó dos pasos y se detuvo, con la calma de quien sabía que ese enfrentamiento era inevitable.

—Nunca pactamos una fecha —respondió sin vacilar—. Lo sabes.

Conder soltó una risa breve,
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