La luna iluminaba el cielo, brillante y hermosa. Los días pasaron y se volvieron semanas.No hubo un quiebre claro entre unos y otros. Para la manada, fueron monótonos. Uno que otro intento de robo menos.Para Leah, fue una sucesión pesada de horas, capas de cansancio que se acumulaban en su cuerpo. Al inicio creyó que era algo pasajero, una consecuencia normal del embarazo. Pero el agotamiento no cedió. Dormía y despertaba igual de exhausta. Caminaba unos pasos y sentía el peso en las piernas, en la espalda, en el pecho.Su vientre ya no podía ocultarse.La curva se volvió evidente, redonda, firme. La tela de los vestidos caía distinta. Más tirante. Más corta al frente. Y su hijo… su hijo no descansaba.De día, las patadas: golpes sordos desde dentro, firmes, insistentes, como si buscara espacio. De noche, los movimientos se volvían largos, inquietos. Leah despertaba con la mano aferrada al abdomen, con el corazón acelerado. Intentaba calmarlo con murmullos que solo ellos dos compart
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