Leah retrocedió dos pasos.
El movimiento fue breve, casi imperceptible, pero suficiente. El contacto aún le ardía en la piel. No por dolor, sino por lo que implicaba. Noah lo notó al instante. Vio el desconcierto invadirle la mirada, la incomodidad que no sabía cómo disimular, y entendió que había cruzado una línea sin darse cuenta.
Actuó con demasiada confianza. Eso no era propio de él.
Apretó la mano que segundos antes había tocado ese vientre abultado.
Leah aspiró aire con fuerza. No supo