El amanecer entraba con un resplandor tenue por los ventanales de la mansión. El aire aún olía a humo y a sexo, los rastros de la noche pasada permanecían dispersos por toda la habitación: copas de vino vacías, ropa rasgada, agua todavía goteando del baño.Isabella dormía enredada en las sábanas de seda, el vestido rojo reducido a jirones sobre el suelo. Sus labios curvados en una sonrisa satisfecha dejaban claro que creía haber ganado algo más que una noche: poder.Pero Salvatore no compartía esa ilusión.De pie frente al espejo, con un cigarro encendido entre los dedos y solo un pantalón negro cubriendo su cuerpo marcado de cicatrices, la observaba de reojo. Había sudor, había placer, había fuego en cada rincón de esa habitación… pero no paz. El vacío en su pecho seguía intacto, más profundo que nunca.Isabella era fuego, pero no calma. Pasión, pero no poder.El verdadero enemigo no estaba enredado en esas sábanas, sino en las sombras de la ciudad. Alguien había osado desafiarlo, re
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