Esa mañana, la tensión se podía cortar con un cuchillo.
En una oficina improvisada en el centro del pueblo, Elvira y Xavier se encontraban sentados frente a una mesa cubierta de papeles, planos y fotografías. Una de ellas destacaba sobre todas: Selene y Simón, abrazados durante la feria rural. Sonreían como si el mundo les perteneciera.
—¿Te das cuenta de lo que está pasando? —espetó Elvira con su voz chillona, cruzando los brazos—. Ella vive como si nada. La muy maldita tiene belleza, poder y