La luz dorada del lunes por la mañana se filtraba a través de las cortinas de seda del dormitorio principal de la residencia, creando patrones cálidos sobre las sábanas revueltas donde Valeria y Enzo habían pasado su primera noche como marido y mujer. El anillo de platino aún se sentía extraño en el dedo de Valeria, un peso dulce que la hacía sonreír cada vez que lo notaba.Enzo ya estaba despierto, observándola con esa intensidad que había aprendido a reconocer. Sus dedos trazaban círculos perezosos sobre la piel desnuda de su hombro mientras ella se desperezaba entre sus brazos.—Buenos días, moglie mia —murmuró contra su cabello, las palabras en italiano sonando como una caricia.—Buenos días, esposo —respondió ella, girándose para encontrar sus ojos verdes. La palabra aún le resultaba nueva en la lengua, pero correcta de una manera que la sorprendía.El teléfono de Enzo vibró sobre la mesilla de noche, interrumpiendo el momento íntimo. Él frunció el ceño, alcanzando el dispositivo
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