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El silencio que siguió a la salida de Enzo fue como un vacío que absorbía todo el oxígeno de la habitación. Valeria permaneció inmóvil, con la mirada fija en la puerta que él había cerrado con fuerza controlada —esa contención que resultaba más aterradora que cualquier portazo—. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba procesar lo ocurrido.

Alejandro seguía allí, observ&aacu

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