La habitación de hospital se había convertido en una prisión de silencio y máquinas que pitaban con regularidad monótona. Valeria observó el rostro pálido de Enzo, sus párpados cerrados mientras dormía bajo los efectos de los analgésicos. Cuarenta y ocho horas habían transcurrido desde el rescate, y aunque los médicos aseguraban que se recuperaría completamente, el miedo aún anidaba en su pecho como una serpiente enroscada.Al menos está vivo, se repetía, acariciando inconscientemente su vientre donde crecía la vida que ambos habían creado. Pero había algo que la carcomía por dentro, una inquietud que no lograba definir. Durante las últimas semanas, antes del incidente en el barco, había notado cambios sutiles en Enzo. Llamadas que cortaba cuando ella entraba en la habitación, mensajes que respondía con demasiada rapidez, una distracción que no podía atribuir únicamente a la amenaza de Franco.El teléfono de Enzo descansaba sobre la mesita de noche, silencioso pero presente como un tes
Leer más