El silencio en la habitación 402 de la clínica era pesado, cargado con el olor estéril del antiséptico y el pitido rítmico, casi acusador, de los monitores que vigilaban el corazón de Amanda. Para Máximo, cada segundo era una tortura de autodesprecio. No se había movido de la silla junto a la cama en toda la noche; permanecía allí como un centinela caído, con la ropa arrugada, el cabello desordenado por la ansiedad y los ojos inyectados en sangre.Sus ojos verdes, que usualmente proyectaban el mando de un imperio, ahora solo reflejaban la ruina de un hombre que lo tenía todo y, al mismo tiempo, sentía que no tenía nada.Fijaba su vista en el rostro pálido de Amanda, repasando cada línea de su expresión incluso en la inconsciencia. Recordaba la primera vez que la vio en los pasillos de la preparatoria: la chica que siempre llevaba un libro, la que evitaba las miradas, la que él amaba desde la distancia sin tener el valor de romper su burbuja. Y ahora, diez años después, el de
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