La noche en el departamento de Queen Anne no trajo el descanso que Amanda tanto ansiaba. El zumbido constante de la ciudad y el golpeteo rítmico de la lluvia contra el cristal eran solo el telón de fondo de la tormenta que rugía en su interior. Cerca de las tres de la mañana, cuando la penumbra parecía más densa, la pantalla de su teléfono volvió a cobrar vida. No era Máximo. El número era desconocido, una secuencia de dígitos que le erizó la piel. Su instinto le gritó que no respondiera, pero