El trayecto en el auto fue un suplicio de silencio. Máximo conducía él mismo, con las manos apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, como si intentara no romperse en pedazos allí mismo. Yo miraba por la ventana, viendo la ciudad pasar como borrones de colores, mientras las palabras de Leticia —el reemplazo, el complejo de salvador— martilleaban en mi cabeza con una cadencia cruel. Llegamos a mi edificio. Máximo detuvo el motor y se quedó mirando la fachada descuidada en silencio. Sus ojos verdes reflejaban una mezcla de dolor y una nostalgia que yo no alcanzaba a comprender. —Amanda, sobre lo que dijo Leticia... —comenzó, su voz apenas un susurro quebrado. —No quiero hablar, Máximo. Solo quiero entrar a mi casa —lo interrumpí sin mirarlo, temiendo que, si lo hacía, mi resolución se desmoronara. Él soltó un suspiro pesado, bajó del auto y rodeó el vehículo. El ascensor, como siempre, tenía el cartel de "Fuera de servicio". Máximo me miró y, si
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