Rosalina abrió los ojos de golpe, con un quejido ahogado que pronto se convirtió en un grito desgarrador de dolor.Su respiración era entrecortada, temblaba, y en su rostro se dibujaba el rastro del sufrimiento.La gente a su alrededor se agolpaba, confundida y asustada, algunos murmuraban, otros gritaban pidiendo ayuda desesperadamente.—¡Llamen a una ambulancia, rápido! —exclamó alguien con voz temblorosa.El aire se llenó de caos, de pasos atropellados, de rostros desencajados que miraban sin saber qué hacer.Rosalina, pálida y con la frente perlada de sudor, intentó incorporarse, pero apenas pudo mover un brazo.Con una fuerza que parecía no tener, alzó la mano y señaló, acusadora, con el dedo tembloroso.—¡Tú…! —gritó con la poca energía que le quedaba—. ¡Fuiste tú! Ella… ella quiso matarme.Todos siguieron la dirección de su dedo. La mirada de los presentes se clavó como cuchillas sobre Mia.Ella, al instante, retrocedió un paso, su rostro se desfiguró de terror.—¡No! —exclamó
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