Rosalina abrió los ojos de golpe, con un quejido ahogado que pronto se convirtió en un grito desgarrador de dolor.
Su respiración era entrecortada, temblaba, y en su rostro se dibujaba el rastro del sufrimiento.
La gente a su alrededor se agolpaba, confundida y asustada, algunos murmuraban, otros gritaban pidiendo ayuda desesperadamente.
—¡Llamen a una ambulancia, rápido! —exclamó alguien con voz temblorosa.
El aire se llenó de caos, de pasos atropellados, de rostros desencajados que miraban sin