El cuarto día amaneció distinto. No era que el sol brillara más fuerte ni que el aire del hospital hubiera cambiado de aroma, sino que en el corazón de Francisco se había sembrado una inquietud que no lo dejaba respirar. Había pasado la noche entera dando vueltas en su propio departamento, con el teléfono en la mano, temblando entre el deber y el miedo. Sabía demasiado. Había visto demasiado. Y, sobre todo, había callado demasiado tiempo.La conciencia le quemaba como un hierro candente. El recuerdo de su hermana, alterada, con los ojos desencajados cuando hablaba de Ana Lucía, volvía una y otra vez, como una pesadilla despierta. Y en cada repetición, el presentimiento era más claro: si no actuaba, ella haría algo irreparable.Francisco se miró en el espejo del baño. Su rostro estaba ojeroso, descompuesto, con las marcas de la vigilia. Se mojó la cara con agua fría, pero la sensación no lo despertó del todo. El dilema seguía allí, inquebrantable. Finalmente, con un suspiro largo que l
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